miércoles, 2 de marzo de 2011

LA GUERRA DE RESISTENCIA NACIONAL


Por: Germán Calderón Ticse.

Después de la adversa suerte corrida por nuestras armas en la Campaña del Sur y en la Campaña de Lima, el alto mando enemigo creyó concluida la guerra; y ocupó la capital con un poderoso ejército exigiendo la suscripción de un tratado de paz que le reconociese posesión en los territorios del guano y del salitre.
Habiéndose retirado a la sierra el dictador Nicolás de Piérola, los vecinos notables de Lima dieron forma a un gobierno provisorio, cuya presidencia recayó en el doctor Francisco García Calderón, quien se negó a la paz con cesión de territorio.
En los primeros días de abril, los invasores empezaron sus incursiones a la sierra central, provocando la inmediata resistencia de pequeñas fuerzas patriotas que organizó el coronel Agustín Bedoya, cuya acción en la quebrada de San Jerónimo (valle de Santa Eulalia) preludio de lo que sería la Campaña de La Breña.
Al mismo tiempo que se movilizaban más tropas enemigas para controlar el ferrocarril central y tener expedito el camino para saquear las poblaciones del interior, salió de Lima el general Andrés Avelino Cáceres, quien estuvo tres meses convaleciente de la herida recibida en la batalla de Miraflores, eludiendo con apoyo de amigos el acoso enemigo.
Originalmente, Cáceres tuvo en mente encabezar la resistencia en el frente sur, como lo explicó en una carta dirigida al coronel Recavarren. Pero fue llamado por Piérola a Jauja y acató disciplinadamente la orden, siendo nombrado Jefe Superior Político y Militar de los Departamentos del Centro.
Al pasar el dictador a Ayacucho sólo le dejó el nombramiento y unas pocas fuerzas desorganizadas. Cáceres, a partir de entonces, tendría que actuar huérfano de apoyo oficial e incluso incomprendido por varias autoridades políticas.
Afrontándolo todo, convocó a los pueblos para preparar la resistencia al invasor, además de exhortar a las fuerzas vivas para lograr la Unidad Nacional. No pudo lograr esto último, pues la anarquía política incluso se agudizó(en 1881 dos presidentes, dos congresos, etc.).
Pero ganó el mayoritario respaldo del campesinado, que fue el núcleo humano del Ejército de La Breña. Se le unieron también esforzados oficiales y soldados que procedentes de diversas partes del país llegaron hasta su cuartel general, instalado consecutivamente en Jauja, Matucana y Chosica. Faltó armamento, vestuario, apoyo oficial; pero sobró el entusiasmo y el valor, organizándose varios batallones de línea y numerosas columnas de guerrilleros, alarmando al enemigo.
Así, en el segundo semestre de 1881 el Ejército de La Breña avanzó victoriosamente hasta ocupar Chosica, refugiándose el enemigo en la capital. El plan concebido por el Jefe de la Resistencia era el de cercar a los invasores en las contadas ciudades costeras que ocupaba, para obligarlo a negociar una paz sin detrimento de la heredad nacional.
De haber tenido apoyo en todas las esferas sociales, de haberse logrado en ese momento crucial la Unidad Nacional, Cáceres incluso hubiera triunfado, pues Chile soportaba una crisis política debido a la prolongación de la guerra sin definición de resultados.
Por desgracia, continuó la desunión entre peruanos. En setiembre de 1881 el presidente García Calderón fue desterrado a Chile y en su lugar se nombró al vicepresidente Lizardo Montero, quien desde Cajamarca se trasladó a Arequipa, donde instaló su gobierno.
En noviembre del mismo año el Ejército de La Breña desconoció a Piérola, por su absoluta inoperancia y por sospecha que se tuvo de que trataba en secreto con los chilenos. Cáceres no aceptó el mando supremo que se le propuso y acató la autoridad de Montero.
Los pierolistas se unieron entonces a los chilenos, que en enero de 1882 movilizaron un poderoso ejército a la sierra, obligando la retirada de las huestes de Cáceres. En una proclama este jefe denunció con nombre propio a los responsables de la adversa suerte. Pese a tal coyuntura, el Ejército de La Breña tuvo una honrosa retirada, incluso triunfando sobre los chilenos en el Primer Combate de Pucará, el 5 de febrero de 1882.
El enemigo ocupó el valle del Mantaro y estableció su cuartel general en Huancayo. Cáceres continuó la retirada exigiendo la inmediata presencia de las tropas que acantonaban en Ayacucho a las órdenes de Arnaldo Panizo. Inexplicablemente, este jefe desacató la orden, obligando a Cáceres marchar a su encuentro.
El 18 de febrero, a media jornada, ocurrió el desastre de Julcamarca, al desatarse, cuando ascendían una empinada cuesta, una dantesca tempestad que diezmó a las tropas de Cáceres, que con sólo 400 hombres y en muy precarias condiciones llegaron a Huancavelica. Pese a todo, el Ejército de La Breña avanzó sobre Huamanga, donde la persistencia en rebeldía de Panizo provocó el Combate de Acuchimay, el 22 de febrero de 1882.
Desde esa fecha y hasta los primeros días de junio Huamanga fue el nuevo cuartel general de los patriotas. Cáceres reorganizó su ejército, en tanto que las guerrillas del Mantaro hostilizaban de continuo a las guarniciones chilenas.
Entre marzo y mayo se libraron numerosas acciones, en Sierralumi, Huaripampa, Huancaní, Llocllapampa, Sicaya, Chupaca, Pazos, Acostambo, Ñahuimpuquio y otras pequeñas localidades. Fue entonces que Cáceres proyectó una genial contraofensiva que tenía por objetivo aniquilar en detalle a todas las fuerzas enemigas atacándolas a un mismo tiempo desde las afueras de Huancayo hasta La Oroya.
Para el caso dividió su ejército en tres columnas: una se destinó a La Oroya, comandada por el coronel Máximo Tafur; otra a Concepción, al mando del coronel Juan Gastó y la tercera quedó al mando de Cáceres para atacar frontalmente Huancayo.
Por desgracia, los sucesos de La Oroya se adelantaron y los chilenos lograron resguardar el puente, lo que fue vital para su posterior escapatoria, porque entre el 9 y 10 de julio las guarniciones de Marcavalle, Pucará y Concepción fueron completamente derrotadas, huyendo el resto del ejército chileno a órdenes del coronel Estanislao del Canto.
Los guerrilleros alcanzaron dos victorias más, en San Juan Cruz y Tarmatambo, pero Cáceres no pasó más allá de Tarma al tomar conocimiento de que no había podido cumplirse la destrucción del puente de La Oroya, donde el enemigo fue convenientemente reforzado.
En efecto, por allí fugó camino de Lima, pero soportando a todo lo largo del trayecto las arremetidas de los Guerrilleros del Rímac, comandados por Ricardo Bentín, Incháustegui, González y otros.
La Contraofensiva de julio de 1882 fue un triunfo extraordinario, pues se expulsó a los chilenos de toda la región central, encerrándolos otra vez en los cantones de Lima. Se demostraba así con fundamento que era posible derrotarlos y exigirles nuevos términos en las tratativas de paz.
Pero vino a ocurrir entonces un hecho por demás vergonzoso. Un grupo de políticos pierolistas proclamó en Cajamarca un titulado gobierno regenerador, cuya presidencia se dio a Miguel Iglesias, discutido líder que en el tristemente célebre Grito de Montán desconoció el triunfo patriota en el combate de San Pablo declarando que sólo quedaba aceptar el tratado de paz tal y como lo imponían los chilenos.
Ese torvo proceder causó la protesta de muchos pueblos y en la propia Cajamarca Iglesias fue combatido por el coronel patriota José Mercedes Puga. Al mismo tiempo, las localidades de Ica y Cañete se convirtieron en el segundo bastión de La Breña, siendo escenario de numerosos combates contra los invasores. En uno de ellos se inmoló el heroico comandante José Gutiérrez, a quien los chilenos llamaron El Zambo, pues supo captar el apoyo de indios, negros, zambos y mestizos de esos valles, enarbolando con dignidad la bandera que Cáceres hacía flamear al otro lado de la cordillera.
Y hubo un tercer bastión de La Breña en el interior de Tacna, donde actuaron las guerrillas de Gregorio Albarracín, Nicolás Ortiz Guzmán y Juan Luis Pacheco de Céspedes, inmolando sus vidas los dos primeros en los Combates de Chucatamani y Sama.
Así fue que osciló el heroísmo y la defección en los aciagos como gloriosos años de La Breña. Creció por doquier en las ciudades la propaganda derrotista, alentada por los chilenos, mientras en el interior no cejó nunca la lucha de resistencia.
En mayo de 1883, al sufrir una grave defección en las tropas que guarnecían Canta, Cáceres convocó una Junta de Guerra en Tarma, cuando se sabía ya que desde Lima se movilizaban por los tres valles de salida sendas divisiones con la misión de aniquilarlo, actuando como guías los adeptos a Iglesias.
El Ejército de La Breña emprendió entonces la sacrificada Retirada al Norte, en la que tuvo que tramontarse la cordillera Blanca, en lo más frío de la estación invernal. Pocos ejércitos del mundo podrían enorgullecerse de tal hazaña; y se compara a las huestes de Cáceres con las de Aníbal, César y Carlomagno, capitanes de fama universal. En la historia andina, Cáceres tuvo como antecedentes a los grandes capitanes generales Pachacuti, Túpac Inca Yupanqui y Apo Quisquis.
Al avanzar por Ancash Cáceres tenía en mente la toma de Cajamarca para acabar con el grupo de entreguistas que lideraba Iglesias. Pero éste fue oportunamente socorrido por una fuerte división chilena movilizada desde Trujillo, de modo que los ejércitos contendientes se encontraron en Huamachuco para definir el destino de la guerra.
En notoria inferioridad de condiciones materiales, los de Cáceres aceptaron el combate, que tras escaramuzas entre el 8 y 9 de julio, se hizo general el 10, con un avasallador avance de los patriotas que estuvieron a punto de tomar el cerro Sazón donde se había fortalecido el enemigo.
El triunfo iba a coronar los esfuerzos de los bravos breñeros cuando en el momento culminante advirtieron que ya no tenían municiones. Con los chilenos muy cerca sólo atinaron a usar los fusiles como mazos, cayendo en derrota tras esforzada resistencia.
Cerca de un millar de patriotas se inmolaron en Huamachuco, entre ellos varios de sus jefes más esclarecidos, como Máximo y Manuel Tafur, Germán Astete, Juan Gastó, Santiago Zavala, Leoncio Prado y varios más.
Huamachuco fue la hecatombe del dolor y la apoteosis de la gloria. Sus escenas de heroísmo son dignas de la más grande epopeya del patriotismo sin par. Quiso el destino preservar la vida del general Andrés Avelino Cáceres, quien merced al brioso corcel que lo sostenía, llamado “El Elegante”, pudo eludir el cerco enemigo, tomando las alturas para retirarse por caminos extraviados.
Cierto que escribió con los ojos nublados por las lágrimas el parte de esa memorable batalla, pero más cierto aún que retempló entonces su convicción de que se lucharía hasta el final. Y marchó esta vez más allá de Ayacucho, hasta Andahuaylas, donde el segundo semestre de 1883 alzó un nuevo Ejército de La Breña, siempre con el apoyo vital de los pueblos campesinos.
Pero paralelamente se sucedieron hechos que desgraciaron al Perú. Iglesias pasó a Trujillo y desde allí a Lima, donde el 22 de octubre estampó su firma en el oprobioso Tratado de Ancón. Una semana después, Montero, que con reiteración negó apoyo al Ejército de La Breña, fue incapaz de defender sus posiciones en Arequipa y huyó por Bolivia, hacia Argentina.
A nivel oficial Cáceres quedó sólo, como lo estuvo siempre a lo largo de toda la Campaña de La Breña, pero no rindió su espada. Se mantuvo a la expectativa y en junio de 1884 avanzó hasta Huancayo viendo que los chilenos en vez de retirarse conforme a lo estipulado en Ancón, querían prolongar su permanencia. Los conminó con rigor y declaró que aceptaba la paz “como un hecho consumado” y sólo entonces, entre julio y agosto de 1884, los chilenos empezaron su retirada final, quedándose empero con los ricos territorios del guano y del salitre.
Y Cáceres emprendió entonces la Campaña Constitucional, la lucha por recuperar el honor y la dignidad de la nación, campaña cuyo objetivo fue terminar con el gobierno que nos impusiera Chile, lo que alcanzó tras la famosa Huaripampeada de 1884. Los pueblos lo proclamarían entonces Presidente Constitucional de la República y él asumiría el difícil Gobierno de la Reconstrucción Nacional.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Acá tienen más información:

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